67. La isla desnuda (Kaneto Shindo, 1960)

El despertar en la isla
es la excavadora
es la madre
arrancando con la boca
los tallos
mordiendo la tierra
para recuperar a sus hijos
vertiendo saliva
como abono
fijaos bien
saliva que se vierte
como abono
y los hijos no acuden
la excavadora los llama
y no acuden
los hijos
que no son como los tallos
los hijos
que no se levantarán
por mucha tierra que ella escarbe

No es necesario verter saliva, ni siquiera para sembrar la tierra, para hacer crecer una historia que se desarrolla sin palabras. Al ritmo de la música los hijos que nacen, crecen y mueren, y la isla que se hace cada vez más enigmática. La isla, que es como una imagen de nuestro corazón, un ecocardiograma que se hiciera borroso a medida que nos acercamos hasta erizar la nariz, juntar los ojos y sentir el calambre de estar pegado a la pantalla.

Ellos trabajan la tierra con sus manos, ayudados de sus manos desnudas como islas que se sienten solas, como islas sin palabras transportan el agua, riegan los campos. Los ves subir las laderas, los brazos en cruz cada vez, los brazos agitándose después como plegarias para la respuesta callada de los dioses. Ahora recuerdo, aunque no aparece, en La isla desnuda no aparece, pero él me llevaba temprano los sábados y subíamos tres plantas y bajábamos regando, y yo me sorprendía por la languidez de las redes y lo veía cayendo e imaginaba los colores y los sonidos de las sirenas. Y es esa gravedad la que se impone, en el ir  y venir por la isla, subir y bajar, en el ir y venir por la obra, para terminar con el rostro a ras de suelo, permanentemente enganchados a la fiebre de continuar a toda costa, que es la fuerza que nos hace gravitar sobre los días como dientes de león sobre la siembra.

No hay fisuras en este canto a la pureza, este relato de vivir siempre en la infancia. Shindo nos regaló una película muda, para mostrarnos como niños que aun no han sido golpeados por las palabras, niños desnudos que proyectan su mirada como una proa inocente ajenos al batir de las olas que zarandean su hogar. Ante la ausencia de la palabra, el espacio se abre como un enorme campo de comunicación libre de barreras, el mismo efecto de una isla que no posee horizontes, o lo contrario, que dispone de todos los horizontes posibles.

Hacia el final, la cámara huye como un globo de la isla; como un pedazo de helio al que hubieran soltado la amarra para partir, dejándonos en una soledad irrecuperable, enfrentados a la pérdida de aquello que amamos. Y un escalofrío nos sacude, penetrando a bordo de la palabra siempre, en el ser que habitamos.

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Recomendable la edición en DVD de Masters Of Cinema

92. Cualquier día en cualquier esquina (Robert Wise, 1962)

“Esto es Nueva York: aunque me quedara ronca gritando, no vendría nadie.”
Gittel Mosca

A menudo nos comportamos como un circuito cerrado. Incapaces de dar salida o entrada a las íntimas energías con las que nos movemos, todo lo desembocamos en acciones extremas conducentes al drama, la soledad y el abandono. Gittel “Mosca” (su apellido “real” es Moskowitz) y Jerry Ryan (Shirley McLaine y Robert Mitchun) son dos llamadas perdidas que el operador dejó vagando por error a lo largo del tendido telefónico de toda Nueva York. Y en ese ir y venir por los cables que surcan la gran manzana, que la cuadriculan delineándola por arriba, transportando extraños acentos y facturas impagadas, amenazas y súplicas de la cotidianeidad más insignificante (“Ve tú a por los niños, que me han secuestrado en el trabajo, ve tú por favor”; “su marido no está, pero puedo dejarle el recado”), coinciden los protagonistas de Two for the seesaw.

 

 

Jerry es un abogado de Omaha que llega a Nueva York  huyendo de su esposa y del mundo de sobreprotección en el que vive instalado: una burbuja de bienestar en la que su posibilidad de acción se limita a una vida conyugal simple y alienante, y un eterno vivir de rodillas y agradecido al capital de la familia. En una fiesta conoce a Gittel, una joven bailarina, que se ha pasado los últimos años ayudando a cumplir el sueño de artistas marginales y desahuciados, que la abandonan con el estómago lleno, cuando ya le han sacado hasta el último centavo de su modesta cuenta bancaria. Gittel sólo quiere ser querida. Y Jerry quiere querer. Y en esa simple intersección se cruzan y viven un romance que apenas dura unos meses, pero se convierte en una terapia vital que supera la pantalla. En el discurrir de las conversaciones telefónicas podemos auscultar el malestar endémico de la pareja. Ese plano partido en dos lo hemos visto millones de veces, pero en Cualquier día en cualquier esquina adquiere una dimensión distinta, por el uso de los silencios, por la cadencia de lo banal convertido en llamada de auxilio.

 

 

La película fue malinterpretada como una crítica a la Nueva York bohemia y al ambiente del artisteo neoyorkino de finales de los cincuenta. Se llegó a decir que muchas de las actitudes de Jerry Ryan eran portadoras de una ideología y moral profundamente conservadoras. No es del todo incierto. Pero la melancolía y frustración de Jerry, lo sitúan más como un resignado cargado de frustración que como un alegre defensor de los valores familiares y la vida monótona y gris de su Omaha de origen.

 

 

Cualquier día en cualquier esquina es un film errático, lleno de lagunas. Quienes busquen la perfección la hallarán en El apartamento, de Billy Wilder, película muy parecida en algunos conceptos (el hastío de las relaciones sentimentales, la alienación de la vida en la gran ciudad, los diálogos con carga intelectual) y con un mejor acabado que la cinta de Robert Wise. Entonces… ¿qué tiene esta obra? El retrato perfecto del fatalismo por obcecación de sus personajes y la irracionalidad que nos conduce al vacío y no nos permite desviarnos cuando precisamente sabemos que detrás se asoma el abismo, como una boca abierta, dispuesta a tragarse nuestra carga de resignación, y convertirla en indoloro tedio. Eso, y la música de Andre Previn, claro 🙂

Puedes conseguirla en DivxClasico / Vagos / Movies Distribution

101

Cetáceo ha elaborado una lista con sus 101 películas preferidas. Y se dispone a explicar, con pobreza de argumentos y abundancia de apreciaciones subjetivas, por qué esas, por qué en ese orden preciso, una por una hasta ciento una, en este cementerio de ballenas.  Confía en no abandonar al cuarto posteo :/

101

En 2 años habrá concluído.

 

Pesadillas pasadas

En los sueños pesados

las digestiones de masa,

cuando los ácidos crepitan

y forman pequeñas hogueras de dolor en el esófago

repitiéndose como una fiesta de San Juan ahí adentro

como una fiesta que nadie viene a apagar ni de madrugada

te presentas aislado en la escena

Y miras de lejos al director

esperando instrucciones

y el foco se hace cada vez más y más diminuto

visión tunel

lo llaman

y eres tú que ardes

en busca de espectadores

eres tú

incendiando lo que queda por dentro

latiendo

los restos de tu corazón de maleza y pasto abandonado.

Purgar para sanar

El oso aviador, el genio introspectivo

“Quería celebrar la vida, con lo bueno que tiene y con lo malo. Por fin veía la suerte que había tenido al pasar por trances aparentemente tan horribles, porque eso significaba que era uno de los afortunados que experimenta un amplísimo abánico de situaciones durante su vida”

Mark Oliver Everett “Cosas que los nietos deberían saber”

Me pasa con Eels lo que con Hefner: les reconozco su autenticidad, la capacidad de escupir con saliva de indudable acidez, sin por ello dejar de tener su pequeña legión de seguidores. Pero apenas tengo un par de discos por grupo; eso en la era de “he ahí el click, he aquí la filmografía completa a 320 kbps”. Alguien los definió como los mejores grupos para bailar con la cabeza. Tal vez sólo lo dijeran de Hefner, pero es igual de válido para Eels. Siempre he mantenido la distancia, y he desconfiado de su errático tono, de inspiración dramática, pero con una frialdad arty (no siempre) que los mantiene lejos de copar mis estanterías.

Por eso no podría haberme sorprendido más la delicada obra maestra que he tenido entre manos en las últimas semanas: “Cosas que los nietos deberían saber” (Blackie Books, 2009). Una especie de lista de la compra gigantesca donde se suceden los hechos por riguroso orden cronológico, en una linealidad tan transparente, tan obscenamente obvia, que resulta irresistible. No hay un sólo salto que altere una sucesión tan lógica que parece el Tractatus del pop independiente de fin de siglo. Con igual lógica demuestra que en el mundo de Mr.E la fórmula siguiente es ley:

arte=a // a=vida//  luego arte=vida

Al margen de una patada en los huevos a la posmodernidad narrativa (a ratos, la acción se desarrolla como si fuera el storyboard de un videojuego de plataformas), Cosas que los nietos deberían saber es una oda a la resistencia como obra vital, al arte de permanecer vivo y conseguir imponerse a la muerte de todos cuantos te rodean, a veces entregados, otras abrupta o dolorosa y lentamente despedidos en un lecho.

La biografía de Mark Oliver Everett no cambiará la historia de la literatura, pero desde su honestidad, con el frio de no tener el abrigo de la piel y de la carne, puro esqueleto, se introduce en el corazón y nos sana. Y la curación, en la forma que sea, es el mejor regalo que el arte puede hacer a la vida.

Biografía

Muelle de descarga

 

La enfermedad de la niebla no evitó que frenaras en el último instante. Lejana, la llamada del faro, indicando a los títeres suicidas el trayecto de verse inundados. Y sonríes, no lo vemos, pero igual que un crash test dummie sonríes ante la macabra evidencia de conducir un vehículo técnicamente no estanco. Atrás quedan el humo y los fantasmas, dispuestos como en la pesadilla de un ingeniero, observando como te precipitas, silenciosamente reptando para escuchar el estruendo de tu amerizaje alucinado. Aún te queda, no lo vemos, el tacto del freno de mano, pero ya te rodean y tiemblas de puro miedo a que alguien toque tu cuerpo hinchado, recién recuperado de las algas del muelle.

De camino a casa, asiento de atrás, la niebla se espesa hasta hacer óvalos de condensanción en las ventanas. No sabes si te salvó el instinto o los frenos de fabricación alemana. Es tiempo de remar, nada penetra en tu carcasa estanca.