Primera hora de la mañana, último cuarto del siglo, avenida Cricklewood. A las seis y veintisiete del 1 de enero de 1975, Alfred Archibald Jones se encontraba de bruces sobre el volante de un familiar Cavalier Musketeer inundado de dióxido de carbono, vestido de pana y confiando en que no fuera muy severo el juicio que le aguardaba. Tenía la mandíbula laxa y los brazos en cruz como un ángel caído; en un puño (el izquierdo) apretaba sus medallas al mérito militar, y el el otro (el derecho), su certificado de matrimonio, ya que había decidido llevar consigo sus errores. Ante sus ojos parpadeaba una lucecita verde, anunciando un giro a la derecha que Archibald había decidido no hacer. Estaba resignado. Estaba preparado. Había lanzado al aire la moneda y acataba con entereza su veredicto. Era un suicidio a cara o cruz. En realidad era un propósito de Año Nuevo.

Zadie Smith “Dientes Blancos” (1999)

Un año de bitácora y apenas un puñado de entradas.
Hoy un tren degradante me dijo que tenía raíles de sobra para llegar al Oeste, a algún Oeste. Primera estación del  segundo trayecto.
Es un nuevo comienzo. Zadie Smith hizo uno memorable para una novela que planea desde esa cima a lo largo de una entretenida meseta.
Quería compartirlo para comenzar por alguna parte, por un principio; el mejor de todos los que recuerdo.

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