Debido a que las noches eran frías y los monzones húmedos, cada uno llevaba un poncho de plástico verde que podía usarse como impermeable, como colchoneta o como tienda improvisada. Con el forro acolchado, el poncho pesaba cerca de un kilo, pero valía su peso en oro. En abril, por ejemplo, cuando le pegaron el tiro a Ted Lavender, usaron su poncho para envolverlo en él, después para transportarlo a través de los arrozales y por fin para alzarlo hasta el helicóptero que se lo llevó
Norman Bowker tendido de espaldas una noche, contemplando las estrellas; entonces me susurra: Te diré algo, O’Brien. Si pudiera hacer que se cumpliera un deseo, cualquiera, desearía que mi padre me escribiera una carta y me dijera que no importa que no gane ninguna medalla. Mi padre sólo habla de eso, de nada más. De cómo ansía ver mis malditas medallas.
Una auténtica historia de guerra nunca trata de la guerra. Trata de la luz del sol. Trata de ese modo tan especial con que el amanecer se despliega sobre un río cuando sabes que debes cruzar el río y marchar hacia las montañas y hacer cosas de las que tienes miedo. Trata del amor y la memoria. Trata de la pena. Trata de hermanas que no contestan las cartas y gente que no escucha.
Le pregunté cómo era estar muerta[…] Es cómo estar dentro de un libro que nadie está leyendo

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, Tim O’Brien

Editorial Anagrama

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