En la mezcla de lo verdadero y de lo falso, lo verdadero resalta lo falso, lo falso impide creer en lo verdadero. Cuando un actor simula el miedo al naufragio, sobre el puente de un barco verdadero azotado por una tempestad verdadera, no creemos ni en el actor, ni en el barco, ni en la tempestad.

Robert Bresson en “Notas sobre el cinematógrafo”

¿Qué sentido tiene hacer una película en la que tras los cinco minutos iniciales ya sabemos que el protagonista morirá en un suicidio asistido? Equiparar el arte a la vida, haciendo fútil el desenlace para que despreciemos la tensión dramática y nos centremos en lo esencial: aquello que es, y que no puede ser representado. Es Robert Bresson quien habla por boca de un joven estudiante en una asamblea tras situar la acción 6 meses antes del suicidio de Charles. Sus primeras palabras son: “Yo proclamo la destrucción”. Y ese canto dadaista vale tanto como slogan de ese grupo asambleario cuya oscuridad es puro post-68, como declaración de intenciones del director.

Desde ese instante la vida de Charles y de su entorno se convierte en un deambular por reuniones, asambleas, actos políticos, encuentros hippies, conferencias  religiosas, conversaciones de autobús, consultas de psicólogos… para certificar la inutilidad de todos ellos frente a la futilidad de vivir y arrastrarse por los días. Las circunstancias podrían empujarnos a considerar a Charles como un héroe trágico, una suerte de mártir del nihilismo cuyo objetivo final no es otro que moralizar y dejar una lección post mortem tras borrarse del mapa. Pero Bresson se esfuerza en eliminar cualquier rastro heroico en su personaje (su modelo). La arrogancia de Charles se nos hace insoportable desde el primer momento y el patetismo (con un humor retorcido) de sus encuentros nos hace inmunes a cualquier evocación de un sentido trágico en su final. Manifiesta constantemente su hastío y la intención de poner fin a su vida. En uno de sus intentos trata de morir aguantando la respiración bajo el agua, para acabar concluyendo que “no es posible meter la cabeza bajo el agua y sólo esperar“. Alguien le sugiere entonces que se busque un alíado, un sirviente como en la antigua Roma, que le ayude a morir. La asociación mítica con la antigüedad clásica se neutraliza cuando Charles paga a un amigo toxicómano para la ejecución. No hay épica, sólo un acto cotidiano más de la sociedad de consumo.

El distanciamiento, tan propio del cineasta francés, se lleva al extremo con la concatenación de primeros planos completamente inverosímiles, donde apenas vemos la espalda y extremidades de los protagonistas o su reflejo fantasma en espejos de locales, automóviles y espacios de transporte público.

Cuesta encontrar luz en cualquiera de los noventa y tres minutos de la película. Apenas algún gesto cariñoso, algún resquicio de humanidad en el deseo de salvación de Charles por parte de sus amigos y amantes, que es más una inercia vital, un impulso testarudo de continuar a cualquier precio. El diablo probablemente no es la cima de la depuración formal de la filmografía de Robert Bresson, pero sí su aproximación más lograda al origen del malestar del individuo en su frustración personal y social. 

Bresson, muy poco dado a subrayados, se ensaña sin embargo con Charles y su asesino al bajarse del metro en su último viaje, mientras arrastran los pies bajo un cártel casual pero definitivo:

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