El despertar en la isla
es la excavadora
es la madre
arrancando con la boca
los tallos
mordiendo la tierra
para recuperar a sus hijos
vertiendo saliva
como abono
fijaos bien
saliva que se vierte
como abono
y los hijos no acuden
la excavadora los llama
y no acuden
los hijos
que no son como los tallos
los hijos
que no se levantarán
por mucha tierra que ella escarbe

No es necesario verter saliva, ni siquiera para sembrar la tierra, para hacer crecer una historia que se desarrolla sin palabras. Al ritmo de la música los hijos que nacen, crecen y mueren, y la isla que se hace cada vez más enigmática. La isla, que es como una imagen de nuestro corazón, un ecocardiograma que se hiciera borroso a medida que nos acercamos hasta erizar la nariz, juntar los ojos y sentir el calambre de estar pegado a la pantalla.

Ellos trabajan la tierra con sus manos, ayudados de sus manos desnudas como islas que se sienten solas, como islas sin palabras transportan el agua, riegan los campos. Los ves subir las laderas, los brazos en cruz cada vez, los brazos agitándose después como plegarias para la respuesta callada de los dioses. Ahora recuerdo, aunque no aparece, en La isla desnuda no aparece, pero él me llevaba temprano los sábados y subíamos tres plantas y bajábamos regando, y yo me sorprendía por la languidez de las redes y lo veía cayendo e imaginaba los colores y los sonidos de las sirenas. Y es esa gravedad la que se impone, en el ir  y venir por la isla, subir y bajar, en el ir y venir por la obra, para terminar con el rostro a ras de suelo, permanentemente enganchados a la fiebre de continuar a toda costa, que es la fuerza que nos hace gravitar sobre los días como dientes de león sobre la siembra.

No hay fisuras en este canto a la pureza, este relato de vivir siempre en la infancia. Shindo nos regaló una película muda, para mostrarnos como niños que aun no han sido golpeados por las palabras, niños desnudos que proyectan su mirada como una proa inocente ajenos al batir de las olas que zarandean su hogar. Ante la ausencia de la palabra, el espacio se abre como un enorme campo de comunicación libre de barreras, el mismo efecto de una isla que no posee horizontes, o lo contrario, que dispone de todos los horizontes posibles.

Hacia el final, la cámara huye como un globo de la isla; como un pedazo de helio al que hubieran soltado la amarra para partir, dejándonos en una soledad irrecuperable, enfrentados a la pérdida de aquello que amamos. Y un escalofrío nos sacude, penetrando a bordo de la palabra siempre, en el ser que habitamos.

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