“Esto es Nueva York: aunque me quedara ronca gritando, no vendría nadie.”
Gittel Mosca

A menudo nos comportamos como un circuito cerrado. Incapaces de dar salida o entrada a las íntimas energías con las que nos movemos, todo lo desembocamos en acciones extremas conducentes al drama, la soledad y el abandono. Gittel “Mosca” (su apellido “real” es Moskowitz) y Jerry Ryan (Shirley McLaine y Robert Mitchun) son dos llamadas perdidas que el operador dejó vagando por error a lo largo del tendido telefónico de toda Nueva York. Y en ese ir y venir por los cables que surcan la gran manzana, que la cuadriculan delineándola por arriba, transportando extraños acentos y facturas impagadas, amenazas y súplicas de la cotidianeidad más insignificante (“Ve tú a por los niños, que me han secuestrado en el trabajo, ve tú por favor”; “su marido no está, pero puedo dejarle el recado”), coinciden los protagonistas de Two for the seesaw.

 

 

Jerry es un abogado de Omaha que llega a Nueva York  huyendo de su esposa y del mundo de sobreprotección en el que vive instalado: una burbuja de bienestar en la que su posibilidad de acción se limita a una vida conyugal simple y alienante, y un eterno vivir de rodillas y agradecido al capital de la familia. En una fiesta conoce a Gittel, una joven bailarina, que se ha pasado los últimos años ayudando a cumplir el sueño de artistas marginales y desahuciados, que la abandonan con el estómago lleno, cuando ya le han sacado hasta el último centavo de su modesta cuenta bancaria. Gittel sólo quiere ser querida. Y Jerry quiere querer. Y en esa simple intersección se cruzan y viven un romance que apenas dura unos meses, pero se convierte en una terapia vital que supera la pantalla. En el discurrir de las conversaciones telefónicas podemos auscultar el malestar endémico de la pareja. Ese plano partido en dos lo hemos visto millones de veces, pero en Cualquier día en cualquier esquina adquiere una dimensión distinta, por el uso de los silencios, por la cadencia de lo banal convertido en llamada de auxilio.

 

 

La película fue malinterpretada como una crítica a la Nueva York bohemia y al ambiente del artisteo neoyorkino de finales de los cincuenta. Se llegó a decir que muchas de las actitudes de Jerry Ryan eran portadoras de una ideología y moral profundamente conservadoras. No es del todo incierto. Pero la melancolía y frustración de Jerry, lo sitúan más como un resignado cargado de frustración que como un alegre defensor de los valores familiares y la vida monótona y gris de su Omaha de origen.

 

 

Cualquier día en cualquier esquina es un film errático, lleno de lagunas. Quienes busquen la perfección la hallarán en El apartamento, de Billy Wilder, película muy parecida en algunos conceptos (el hastío de las relaciones sentimentales, la alienación de la vida en la gran ciudad, los diálogos con carga intelectual) y con un mejor acabado que la cinta de Robert Wise. Entonces… ¿qué tiene esta obra? El retrato perfecto del fatalismo por obcecación de sus personajes y la irracionalidad que nos conduce al vacío y no nos permite desviarnos cuando precisamente sabemos que detrás se asoma el abismo, como una boca abierta, dispuesta a tragarse nuestra carga de resignación, y convertirla en indoloro tedio. Eso, y la música de Andre Previn, claro 🙂

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