La enfermedad de la niebla no evitó que frenaras en el último instante. Lejana, la llamada del faro, indicando a los títeres suicidas el trayecto de verse inundados. Y sonríes, no lo vemos, pero igual que un crash test dummie sonríes ante la macabra evidencia de conducir un vehículo técnicamente no estanco. Atrás quedan el humo y los fantasmas, dispuestos como en la pesadilla de un ingeniero, observando como te precipitas, silenciosamente reptando para escuchar el estruendo de tu amerizaje alucinado. Aún te queda, no lo vemos, el tacto del freno de mano, pero ya te rodean y tiemblas de puro miedo a que alguien toque tu cuerpo hinchado, recién recuperado de las algas del muelle.

De camino a casa, asiento de atrás, la niebla se espesa hasta hacer óvalos de condensanción en las ventanas. No sabes si te salvó el instinto o los frenos de fabricación alemana. Es tiempo de remar, nada penetra en tu carcasa estanca.

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