Nadie los veía meterse en el agua igual que reptiles. Con suerte, imaginar cómo se hacían diminutos, muy lentamente, con un ritmo ceremoniosamente antiatlético, esperando a ser tragados por la marea, hasta ser puntos brillantes en medio de un campo de olas y alta salinidad. Se pasaban las horas sobre el agua, recreándose en la escena, girando los cuerpos, mientras no paraban de hablar, como muertos que tuvieran muchas cosas que decirse en la morgue, con la espalda fría mirando a su propio cielo y en paz.

¿Qué se decían? A la vuelta sólo quedaba la sed de la sal, y un hilo de cerveza bajando por el pecho como la bola muerta del pinball para perderse en ningún lugar. La tarde estirándose sin romperse aún. Puedo recontruirme entonces: me apretaba con los puños las cuencas de los ojos, y después vagaba como un turista zombie, guiándome a través de arcos que cambiaban de color, acercándome a su espalda, diciendo: “No veo nada, no veo nada…”, para acabar chocando con su piel, como sospechando que un día regresaría a buscar la frialdad de aquel contacto en la cara, que aquel trozo de carne helada sería una fuente de calor el día de la extinción, y así, todos los demás.

Si presiono con fuerza los párpados cerrados sé que no volverá.