La mayoría de títulos de crédito son profundamente tediosos. Se tiene la sensación de engaño, estafa en la butaca, cuando las cabezas y los cuerpos de 1.83 se calzan los abrigos para salir a toda prisa al aire definitivamente sucio de la calle, pero libre de la terrible monotonía de una tipografía rácana y sin fin que relata cada pequeño entresijo del trabajo colectivo. No es el caso de la retahila que rubrica esta obra inconmesurable de Isaki Lacuesta conocida como La leyenda del tiempo, que es tan parte del conjunto como cualquiera de sus planos maestros. En esos títulos finales se presencia una jam session, con músicos que homenajean la cancion que da título al film; muchos de ellos directamente implicados en la grabación/gestación de aquel trance hecho flamenco. Y sin embargo, ese es el único acercamiento directo al mito que hay en todo el largometraje. Y se produce, mientras aparecen listados los nombres de personas desconocidas, de actores ocasionales, trabajadores del cine, gente que pasaba por allí, que sitúan su pequeño aliento de vida junto a la leyenda, su discreto discurrir de los días acompañando la quintaesencia flamenca.

Las vidas y las voces de Isra y Makiko son despojadas de toda épica, tratando de capturar la esencia del tiempo, que no es otra que la contradicción entre el mito del eterno retorno (ya avisa Joji, uno de los protagonistas, que “todo se repite, no hay nada nuevo”, todo se ha desarrollado infinitas veces, multiplicándose en ecos, a través de la historia) y el carácter único de cada ser humano, bien sea Camarón de la Isla, una enfermera japonesa o un adolescente gitano que ha dejado de cantar para guardar luto. Para recordar, la secuencia de la bahía colmándose de agua por la marea y quedando desierta a primera hora de la mañana. Día tras día la misma escena, la misma leyenda del reloj izando a un tiempo todas las barcas, para dejarlas más tarde varadas, sobre una arena distinta, venida de otro tiempo, de algún remoto lugar.

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