“Sólo había eso, lo que contemplaba; y aunque más allá hubiese montañas y glaciares y albatros e indios, no había aquí nada de qué hablar, nada que me retuviese. tan sólo la paradoja patagónica: flores diminutas en un vasto espacio; para permanecer aquí había que ser miniaturista o, si no, estar interesado en enormes espacios vacíos. No existía una zona intermedia de estudio. Una de dos: la enormidad del desierto o la vista de una pequeñísima flor. En la Patagonia era preciso elegir entre lo minúsculo o lo desmesurado.”
Paul Theroux

Estar en la Patagonia es desvelarse en una cama de hielo, desnudo, agitando los brazos en busca de un despertador que no se encuentra; dar manotazos como apagando el viento austral y finalmente sentarse a esperar que ocurra, sencillamente ocurra, el milagro de la congelación, la magia de la fotografía. La Patagonia es a la imagen fija lo que Manhattan al cine. (Cuántos travelling de Woody Allen caminando a toda prisa por la isla, añadiendo movimiento al espacio con más dinamismo por metro cuadrado de toda la tierra, en una redundancia gloriosa, para decirnos que estamos vivos, que en esa confusión de cuerpos girando sobre sí, podemos seguir nuestro propio camino). La Patagonia tiene la capacidad de fijar los objetos animados, e imponer el discurso de la naturaleza, con sus rachas de viento, sus árboles abigarrados aferrándose al granito, los glaciares partiéndose en mitad de la soledad glacial, y esa música tan suya, tan nuclear, de átomos que chocan para ser escuchados.

Retorno a la Patagonia (Bruce Chatwin y Paul Theroux, Ed.Muchnik, 1993), no es una obra introspectiva, sino más bien un catálogo de explicaciones y anécdotas que, al tiempo que alimentan el mito y el misterio, nos aclaran los significados de algunos de sus lugares comunes. Para encontrar indagaciones profundas de los propios autores, hay que dirigirse a obras más abisales: las míticas En la Patagonia, de Bruce Chatwin, y El viejo expreso de la Patagonia, de Paul Theroux.

Por esta pequeña planicie (apenas 116 páginas, con el encanto de las viejas ediciones de Muchnik) vagan científicos, colonos y exploradores, personajes de resonancias literarias (Calibán de Shakespeare, los gigantes de Swift…),  exiliados y rebeldes (el pistolero Butch Cassidy o el anarquista -y acróbata- español Antonio Soto) en busca del refugio que da saberse parte de una fotografía fija, estar anclado en un tiempo lento y ceremonioso, y a la vez formar parte de un mundo distinto, unido al resto como por injerto:

“…se pensaba que la Tierra del Fuego era el extremo del desconocido continente antártico, el Antichton o la antitierra […], definitivamente negado a los seres humanos, en donde la nieve caía hacia arriba, los árboles crecían hacia abajo, el sol lucía negro y los habitantes eran los antípodas de dieciséis dedos que entraban en trance bailando”
Bruce Chatwin