Ahora estoy bien. Pero hubo noches en que sólo veía el rectángulo de pino en la geometría de todo. Un cajón que, he de decirlo, seleccioné yo mismo, para ser más precisos, escogí junto a mi hermano,  sin recaer en las horas que la madera estuvo sumergida en  sulfuro e hidróxido sódico para cerciorarse de que cada una de sus células es ya una célula muerta. Y ahora que estoy bien pienso cuántas de estas pequeñas muertes celulares me rodean, en todo cuanto toco, mientras escribo, con la mente puesta en el pino, sometido al proceso de kraft y posterior secado, y envolviendo la muerte del padre, que se someterá a su propio proceso, el tiempo necesario para que el cemento se venga abajo, y se borren los datos de todos los sistemas bancarios, los apretones de manos de la última hipoteca, y el nuevo inquilino deseche el álbum de fotos del salón no sin antes decir “Yo también estuve en Salou, año 93, y tal vez viera a este hombre, su espalda hundida por el peso del hierro forjado, en la cola de los donuts del parque acuático”. En eso pienso mientras conduzco a millones de moléculas a su propia muerte, un ejército de lemmings, la patrulla de Hamelín dirigiéndose al abismo. Creo que no viviríamos, eso creo, que no podríamos soportar que con cada gesto acercamos y lanzamos millones de ratas al precipicio. Que lo hacemos con la música, líricamente viviendo,  realmente matando por oxidación aquello que sale a nuestro paso.  En eso me distraigo para no pensar de nuevo en el pino que, seguramente sometido al proceso de kraft y posterior secado, reposa sobre el cemento, duro competidor en una batalla de descomposición que ha de durar muchos años, cuando ya se hayan borrado los datos de todos los sistemas bancarios, y nadie recuerde que nos fuimos tristes de Salou porque José Luis quedaba en el hospital de Reus retorciéndose por una apendicitis aguda, factor genético y abuso por descubrimiento de los goffres tal vez, y nadie recuerde, decía, aquella tristeza.