Aufwiedersehen

Descanse en paz.

A otra cosa mariposa.

No hay mal que por bien no venga.

Una retirada a tiempo es una victoria.

Muerto el perro se acabo la rabia.

 

El mejor comienzo: Dientes Blancos

Primera hora de la mañana, último cuarto del siglo, avenida Cricklewood. A las seis y veintisiete del 1 de enero de 1975, Alfred Archibald Jones se encontraba de bruces sobre el volante de un familiar Cavalier Musketeer inundado de dióxido de carbono, vestido de pana y confiando en que no fuera muy severo el juicio que le aguardaba. Tenía la mandíbula laxa y los brazos en cruz como un ángel caído; en un puño (el izquierdo) apretaba sus medallas al mérito militar, y el el otro (el derecho), su certificado de matrimonio, ya que había decidido llevar consigo sus errores. Ante sus ojos parpadeaba una lucecita verde, anunciando un giro a la derecha que Archibald había decidido no hacer. Estaba resignado. Estaba preparado. Había lanzado al aire la moneda y acataba con entereza su veredicto. Era un suicidio a cara o cruz. En realidad era un propósito de Año Nuevo.

Zadie Smith “Dientes Blancos” (1999)

Un año de bitácora y apenas un puñado de entradas.
Hoy un tren degradante me dijo que tenía raíles de sobra para llegar al Oeste, a algún Oeste. Primera estación del  segundo trayecto.
Es un nuevo comienzo. Zadie Smith hizo uno memorable para una novela que planea desde esa cima a lo largo de una entretenida meseta.
Quería compartirlo para comenzar por alguna parte, por un principio; el mejor de todos los que recuerdo.

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon


Debido a que las noches eran frías y los monzones húmedos, cada uno llevaba un poncho de plástico verde que podía usarse como impermeable, como colchoneta o como tienda improvisada. Con el forro acolchado, el poncho pesaba cerca de un kilo, pero valía su peso en oro. En abril, por ejemplo, cuando le pegaron el tiro a Ted Lavender, usaron su poncho para envolverlo en él, después para transportarlo a través de los arrozales y por fin para alzarlo hasta el helicóptero que se lo llevó
Norman Bowker tendido de espaldas una noche, contemplando las estrellas; entonces me susurra: Te diré algo, O’Brien. Si pudiera hacer que se cumpliera un deseo, cualquiera, desearía que mi padre me escribiera una carta y me dijera que no importa que no gane ninguna medalla. Mi padre sólo habla de eso, de nada más. De cómo ansía ver mis malditas medallas.
Una auténtica historia de guerra nunca trata de la guerra. Trata de la luz del sol. Trata de ese modo tan especial con que el amanecer se despliega sobre un río cuando sabes que debes cruzar el río y marchar hacia las montañas y hacer cosas de las que tienes miedo. Trata del amor y la memoria. Trata de la pena. Trata de hermanas que no contestan las cartas y gente que no escucha.
Le pregunté cómo era estar muerta[…] Es cómo estar dentro de un libro que nadie está leyendo

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, Tim O’Brien

Editorial Anagrama

26 . El diablo probablemente (Robert Bresson, 1977)

En la mezcla de lo verdadero y de lo falso, lo verdadero resalta lo falso, lo falso impide creer en lo verdadero. Cuando un actor simula el miedo al naufragio, sobre el puente de un barco verdadero azotado por una tempestad verdadera, no creemos ni en el actor, ni en el barco, ni en la tempestad.

Robert Bresson en “Notas sobre el cinematógrafo”

¿Qué sentido tiene hacer una película en la que tras los cinco minutos iniciales ya sabemos que el protagonista morirá en un suicidio asistido? Equiparar el arte a la vida, haciendo fútil el desenlace para que despreciemos la tensión dramática y nos centremos en lo esencial: aquello que es, y que no puede ser representado. Es Robert Bresson quien habla por boca de un joven estudiante en una asamblea tras situar la acción 6 meses antes del suicidio de Charles. Sus primeras palabras son: “Yo proclamo la destrucción”. Y ese canto dadaista vale tanto como slogan de ese grupo asambleario cuya oscuridad es puro post-68, como declaración de intenciones del director.

Desde ese instante la vida de Charles y de su entorno se convierte en un deambular por reuniones, asambleas, actos políticos, encuentros hippies, conferencias  religiosas, conversaciones de autobús, consultas de psicólogos… para certificar la inutilidad de todos ellos frente a la futilidad de vivir y arrastrarse por los días. Las circunstancias podrían empujarnos a considerar a Charles como un héroe trágico, una suerte de mártir del nihilismo cuyo objetivo final no es otro que moralizar y dejar una lección post mortem tras borrarse del mapa. Pero Bresson se esfuerza en eliminar cualquier rastro heroico en su personaje (su modelo). La arrogancia de Charles se nos hace insoportable desde el primer momento y el patetismo (con un humor retorcido) de sus encuentros nos hace inmunes a cualquier evocación de un sentido trágico en su final. Manifiesta constantemente su hastío y la intención de poner fin a su vida. En uno de sus intentos trata de morir aguantando la respiración bajo el agua, para acabar concluyendo que “no es posible meter la cabeza bajo el agua y sólo esperar“. Alguien le sugiere entonces que se busque un alíado, un sirviente como en la antigua Roma, que le ayude a morir. La asociación mítica con la antigüedad clásica se neutraliza cuando Charles paga a un amigo toxicómano para la ejecución. No hay épica, sólo un acto cotidiano más de la sociedad de consumo.

El distanciamiento, tan propio del cineasta francés, se lleva al extremo con la concatenación de primeros planos completamente inverosímiles, donde apenas vemos la espalda y extremidades de los protagonistas o su reflejo fantasma en espejos de locales, automóviles y espacios de transporte público.

Cuesta encontrar luz en cualquiera de los noventa y tres minutos de la película. Apenas algún gesto cariñoso, algún resquicio de humanidad en el deseo de salvación de Charles por parte de sus amigos y amantes, que es más una inercia vital, un impulso testarudo de continuar a cualquier precio. El diablo probablemente no es la cima de la depuración formal de la filmografía de Robert Bresson, pero sí su aproximación más lograda al origen del malestar del individuo en su frustración personal y social. 

Bresson, muy poco dado a subrayados, se ensaña sin embargo con Charles y su asesino al bajarse del metro en su último viaje, mientras arrastran los pies bajo un cártel casual pero definitivo:

Podéis comprar en Intermedio o probar en Arsenevich

La escuela de la ignorancia (Jean-Claude Michéa)

Pequeña gran lectura. Me quedo con tres ideas, lúcidas aunque desalentadoras:

1. La crisis del sistema educativo no puede disociarse del óbito que afecta a la sociedad contemporánea en su conjunto. Forma parte de un movimiento histórico que también afecta a la desintegración de las familias, descompone la existencia material y social de los pueblos y los barrios y destruye las formas de civismo que amortiguaban todo el sistema.

2. Ese desarrollo de la crisis del sistema educativo no es posible sino en el seno de un sistema capitalista, siendo la crisis resultado deseable para el libre desenvolvimiento de la expansión del capital. Esto es así, porque en el sueño de la Economía capitalista  hay que eliminar cualquier obstáculo al juego “natural” del mercado. La humanidad se forma por personas que actuan como átomos sociales en constante movimiento e impulsados por una única consideración: la de su interés bien entendido.

3. En esa axiomática del interés la escuela tradicional se presenta de manera contradictoria: por una parte ejerce de obstáculo al sistema, pero por otra amortigua sus efectos, haciendo convivir de manera inverosimil lo mejor con lo peor. Michéa señala que tanto el status quo como la reforma del sistema educativo conducen a un callejón sin salida desolador.

La fiesta de la espuma

Destrucciónfilia

Destrucciónfilia, o circunstancias cotidianas que explican el devenir de toda una civilización:

Por la mañana bajé al sotano con dos compañeros a destruir varias cajas de documentación. Un ansia muda se apoderó de nosotros. Discutimos para decidir quién vertía las carpetas y papeles en el pozo de la trituradora, quién daba al botón de exterminio, quién se estremecía más reconociendo esa música de anillas y carpetas crujiendo como parte de sí, como fruto de un interior en tinieblas que permanentemente conspira por interpretar su partitura.